domingo, 1 de febrero de 2009

Poesías completas - Jorge Manrique

Jorge Manrique nació caballero medieval. Perteneciente a una de las familias más poderosas de la nobleza castellana, fue el cuarto hijo de don Rodrigo Manrique y doña Mencía de Figueroa. Nacido palentino y muerto a las puertas del castillo de Garcimuñoz, en batalla contra el marqués de Villena, a los 39 años.

Guerrero, político intrigante (mera redundancia), caballero y poeta; Manrique es, probablemente, el autor que introduce el Renacimiento en la poesía castellana. No fue por su poesía menor, donde adopta la forma habitual de los poetas del cancionero medieval: el "decir lírico", los sentimientos contradictorios que despierta el amor, confuso y contradictorio

Es plazer en que ay dolores,
dolor en que ay alegría,
un pesar en que ay dulçores.
un esfuerço en que ay temores,
temor en que ay osadía.

Ese sufrimiento contradictorio, que es alegría y pesar, resume la condición cortesana del amor, entrega incondicional del amante a su dama. Dama inasequible, altiva, casi divina que sólo consiente su mano al amante después de que éste le demuestre su servicio y su entrega total

Quanto más pienso serviros,
tanto queréis más causar
que gaste mi fe en sospiros
y mi vida en dessear
lo que no puedo alcançar.


Pese a esta entrega enajenada del amante por su dama, ésta sólo devuelve heridas mortales

Vos cometistes traición,
pues me heriste, durmiendo,
de una herida que entiendo
que será mayor passión
el desseo de otra tal
herida como me distes,
que no la llaga ni mal
ni daño que me hezistes(...)
Más plazer es que pesar
herida que otro mal sana:
quien durmiendo tanto gana
nunca deve despertar.

Este dolor engendra en el amante un estado permanente de angustia y desasosiego, contradicciones que sólo encontrarán solución en la muerte redentora, liberadora de todo mal

No tardes, muerte, que muero;
ven, porque biva contigo;
quiéreme, pues que te quiero,
que con tu venida espero
no tener guerra conmigo.


No, no fue su poesía cortesana lo que le dio fama. Fueron sus cuarenta coplas de pie quebrado a la muerte de su padre las que ganaron los elogios de glosadores desde el siglo XV hasta Azorín, Unamuno, Pedro Salinas, Antonio Machado. El propio Lope de Vega dijo que estas coplas merecían estar impresas en oro. Comienzan por:

Recuerde el alma dormida,
abive el seso e despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
quán presto se va el plazer,
cómo después de acordado
da dolor,
cómo, a nuestro paresçer,
qualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Admitamos que no hay nada de originalidad en los temas. Que en toda la época medieval las coplas a la muerte, las danzas macabras, la fugacidad de los placeres terrenales y el advenimiento inevitable de la muerte, eran los temas clave de la lírica. Pero nadie, ni entonces ni después, logró tanta claridad y sencillez al plasmar el pensamiento sobre la belleza efímera de la vida. Sin artificios, sin florituras ensayadas, sin ánimo de vencer a la muerte la venció.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir:
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir,
allí los ríos cabdales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados son iguales
los que biven por sus manos
y los ricos.

La muerte igualatoria, que no distingue de rangos ni estirpes, pone al mismo nivel a reyes que a pastores. ¿Dónde quedan entonces las glorias mundanas? ¿Dónde quedan los grandes personajes? Ubi sunt Virgilio, Aristóteles? Quedan sus obras, su fama, mientras ellos viven la vida superior.

¿Qué se fizieron las damas,
sus tocados, sus vestidos,
sus olores?
¿Qué se fizieron las llamas
de los fuegos ençendidos
de amadores?

Y tan sólo queda esperar serenamente a la muerte, desterrado el horror de lo macabro

Así, con tal entender,
todos sentidos umanos
conservados,
çercado de su muger
y de sus fijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien gela dio,
el qual la ponga en el çielo
y en su gloria,
que aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria.


Raoul Lorite







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